Una época de oscuridad, con el mal arrasando y conquistando pueblos y reinos. Allí empezó la condena de Silvan, un joven a quien los monstruos arrebataron a toda su familia durante un asalto. Sus padres y sus hermanos sufrieron muertes extremadamente violentas. Cada día tocaba una triste melodía con su flauta travesera lamentando la pérdida.
Silvan era un muchacho de 17 años, hijo de un humilde pero noble guardia del reino destacado en la aldea. Su madre era una generosa sanadora, respetada y muy apreciada por los vecinos. Tenía un hermano y dos hermanas, siendo él el menor de todos. Adrian, el mayor, era leñador. Julie y Selene, gemelas, ayudaban a su madre con las tareas de curar y cuidar a heridos y enfermos.
Él era el menor de todos. No era tan fuerte como su hermano mayor, ni tenía habilidad para curar enfermos como sus hermanas, pero tocaba realmente bien la flauta travesera. Podía tocar hermosas melodías con ella, capaz de apaciguar hasta a la mente más atormentada. Era delgado, tenía el pelo oscuro y lacio y sus ojos marrones, era un chaval tímido, educado y amable, algo tímido, mientras vivía con su familia. Pero el día en el que murieron todos se volvió sombrío, totalmente reservado… y muy solitario.
Silvan emprendió un largo viaje buscando justicia. En el trayecto encontró una ermita dedicada a Jistis, uno de los dioses de la región, la encarnación de la justicia. Allí se arrodilló y rezó pidiendo a ese dios el poder para hacer justicia y destruir el mal que asolaba a su mundo. La respuesta no se hizo esperar y un relámpago de luz impactó en el suelo en mitad del templo, apareciendo un hombre de semblante divino. Era un hombre musculoso, de cabellos rubios. Su mirada era firme y profunda, y tenía una cicatriz que cruzaba toda la cara. Era el propio Jistis, dios de la Justicia.
- Soy Jistis, dios de la Justicia. He escuchado tu plegaria, joven mortal, y estoy dispuesto a ayudarte. Pero antes, quiero preguntarte una cosa: ¿qué precio estarías dispuesto a pagar a cambio de mi ayuda?.
- Pagaría cualquier precio, daría mi vida si fuese necesario – aseveró Silvan.
Jistis asintió con la cabeza, e hizo que se materializara una elegante espada, recta y alargada, con un metal azulado incrustado en el centro a lo largo de la hoja. También se materializó un escudo triangular, azulado, con un lobo plateado grabado a modo de blasón. La deidad le entregó tanto la espada como el escudo.
- Aquí tienes. Pero te advierto una cosa: el precio será servirme durante toda la eternidad. ¿Has entendido? Read more »




